Nos ha dejado un genio. Nos ha dejado Miguel Delibes, vallisoletano de nacimiento y de corazón. Descriptor, como pocos, de paisajes de la vieja Castilla y testimonio de la pobreza y recio carácter de sus habitantes. Delibes solía decir que en sus obras, siempre aparecían cuatro elementos recurrentes: la infancia, la naturaleza, la muerte y las relaciones humanas. Estos elementos son protagonistas de la amplia mayoría de sus obras. Desde La sombra del ciprés es alargada, ganadora del Premio Nadal en 1947, pasando por el inolvidable El camino de 1950, hasta su última afamada obra El hereje de 1998.
Nacido en 1920 en Valladolid, Delibes curso la carrera de Derecho y Comercio, pero pronto se vio seducido por el periodismo y terminó trabajando en el diario El Norte de Castilla como ilustrador y columnista. Después de veinte años, dejó el periódico para dedicarse de lleno a la creación literaria.
Ha sido galardonado con los más prestigiosos premios a nivel estatal, como el Premio Nacional de Literatura en 1955, el Premio Fastenrath de la Academia en 1957, el Premio de la Crítica en 1962 y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1982, entre otros galardones.
Qué mejor manera de homenajear al escritor y a la persona, con cuatro extractos de sus cuatro libros más entrañables. Porque mientras que haya una sola persona que lea a Miguel Delibes, el genio no habrá muerto.
“- No, no me gusta esta ciudad. Aquí sería lo mismo tener dinero que no tenerlo. No hay lugar para gastarlo. Y sin gastar dinero no se puede ser feliz…
Sus palabras adquirían en aquel clima el valor detonante de las amapolas en un campo. Se escapaban del ambiente, desentonaban por su ambición de este clima sin apetencias.
- Hacen falta años para percatarse de que el no ser desgraciado es ya lograr bastante felicidad en este mundo. La ambición sin tasa hace a los hombres desdichados si no llegan a conseguir lo que desean. La suprema quietud con poco se alcanza, meramente con lo imprescindible.
Tenía el señor Lesmes la cabeza ladeada, recostada en uno de los brazos de la cruz de piedra. Una sonrisa de burla estremecía los labios de Alfredo. Sentí su codo contra mi pierna, repetidamente, haciéndome señas.
- Tal vez el secreto – añadió don Mateo- esté en quedarse en poco: lograrlo todo no da la felicidad, porque al tener acompaña siempre el temor de perderlo, que proporciona un desasosiego semejante al de no poseer nada. Debemos vigilar nuestras conquistas terrenas tanto como a nosotros mismos. Son, casi siempre, la causa de la infelicidad de los hombres.”
La sombra del ciprés es alargada, Capítulo VII
“De pronto, el muchacho levantó los ojos y su risa se fue contrayendo en la boca hasta convertirse en una mueca de estupor. El Nini oyó los pasos apresurados y alzó los ojos y vio al tío Ratero, aplastando en largas zancadas las cañas desmayadas del trigal. Levaba la pincha en alto y gritaba algo inarticulado que no llegaban a ser palabras. Al alcanzar el borde del arroyo no se detuvo. Saltó en el agua, chapoteando como impulsado por una fuerza irracional y se echó sobre el muchacho con el hierro en alto. El Nini apenas tuvo tiempo de incorporarse, asirle de la raída americana y tirar hacia atrás con todas sus fuerzas, mas el muchacho de Torrecillórigo prendía ya la muñeca del Ratero, manteniendo su pincho distante, mientras voceada: <Date a razones, ¡coño!>. Pero el Ratero mascullaba palabrotas y murmuraba obcecadamente: <Las ratas son mías. Las ratas son mías>.”
Las ratas. Capítulo 17
“Régula arrimó al árbol la escalera de mano con intención de prenderlo y subió los dos primeros peldaños, la grajilla ahuecó las alas, las agitó un rato en el vacío, y, finalmente, se desasió de la rama, y, en vuelo torpe e indeciso, coronó el tejado de la capilla y se encaramó en la veleta de la torre, allá en lo alto, y el Azarías la miraba con los lagrimones colgados de los ojos, como reconviniéndola por su actitud,
no estaba a gusto conmigo,
decía,
y, en éstas, se presentó el Críspulo y, luego, el Rogelio, y la Pepa, y el Facundo, y el Crespo y toda la tropa, los ojos en alto, en la veleta de la torre y la grajilla, indecisa, se balanceaba, y el Rogelio reía,
cría cuervos, tío
y el Facundo,
a ver, de que cogen gusto a la libertad,
y porfiaba la Régula,
ae, Dios dio alas a los pájaros para volar,
y al Azarías le resbalaban los lagrimones por las mejillas y él trataba de espantarlas a manotazos y tornaba a su cantinela,
milana bonita, milana bonita,”
Los santos inocentes. Capítulo “La milana”
“El Hamburg, una galeaza a remo y vela, de tres palos, línea enjuta y setenta y cienco varas de eslora, dedicada al cabotaje, rebasó lentamente la bocana y salió a mar abierta. Amanecía. Se iniciaba el mes de octubre de 1557 y la calima sobre la superficie del mar y la estabilidad de la nave presagiaban bonanza, una jornada calma, tal vez calurosa, de sol vivo y suave viento del norte. Era el Hamburg un pequeño barco de carga, dotado con cincuenta y dos marineros, al que su capitán, Heinrich Berger, con un agudo sentido de la economía personal, superponía en el buen tiempo dos pequeñas tiendas de campaña sobre las cuadernas de toldilla para alojar a cuatro posibles pasajeros de confianza, mediante un módico estipendio.
En la primera de estas tiendas, viniendo de proa, viajaba ahora un hombre menudo, aseado, de barba corta, al uso de Valladolid, de donde procedía, tocado de sombrero, con calzas, jubón y ropilla de Segovia, que, acodado en el pasamanos de babor, oteaba con un anteojo el puerto que acababan de abandonar. Una bandada de gaviotas que sobrevolaba la estela del Hamburg se reunía, grznando destempladamente, preparando el regreso a puerto. Por la amura, sobre la silueta de tierra, la bruma comenzaba a rasgarse y permitía divisar, entre los flecos, fragmentos del cielo azul que la calma chicha de la madrugada auguraba. El hombre menudo y aseado hurgó con su mano pequeña y nerviosa en el bolso de la ropilla, extrajo el papel plegado que le había entregado un marinero al embarcar y leyó de nuevo el breve mensaje que contenía: Bienvenido a bordo. Le espero a almorzar en mi camareta a la una del mediodía. El capitán Berger”.
El hereje. Preludio